Mente Cuántica

25 nov. 2012

El extraño caso de la isla fantasma del Pacífico


A veces el mundo recupera su calidad de lugar asombroso. Ha ocurrido esta semana. Entre la avalancha de noticias políticas, generalmente deplorables, la actualidad nos ha regalado un suceso extraordinario, turbador y desconcertante, digno de la más disparatada novela fantástica o de aventuras: la isla fantasma. No, no se trata del título de una peripecia de Simbad ni de un relato de Julio Verne, sino de un hecho bien real. Una expedición que llega al punto geográfico donde se localiza en los mapas una remota isla para encontrarse con que… no está. Pasmosa experiencia que invierte, incluso subvierte, el normal acontecer de las exploraciones: en vez de descubrir territorio nuevo, lo han perdido.

El extrañísimo caso de Sandy Island, la isla que nunca existió o que dejó de existir o que vaya usted a saber qué ha pasado con ella, se convirtió en un tema apasionante para millones de personas, seguramente seducidas por el eco legendario del asunto y la manera en que apela a nuestro apetito más ancestral de ensueños y quimeras.

Un (des)descubridor: “Hay una isla en el medio de la nada que en realidad no existe
Los titulares son para volver a creer en la prensa: “¿Dónde ha ido a parar? Los científicos ‘desdescubren’ una isla del Pacífico”, “La isla Sandy del Pacífico del Sur prueba que no existe”, “La isla del Pacífico que nunca existió” (ciertamente grahamgreeniano) o mi favorito, de Pravda, “La desaparición de una isla del Pacífico intriga a los científicos”.

Estos son los hechos: un barco científico, el RV Southern Surveyor, del servicio hidrográfico australiano, aprovechando que está en el Mar del Coral en una singladura de 25 días estudiando la tectónica de placas, decide, quizá con ánimo de recrearse con playas y cocoteros, echar un vistazo a Sandy Island, una isla del Pacífico Sur que diferentes cartas y mapas, entre ellos Google Earth y Google Maps, muestran entre Australia y Nueva Caledonia. Llegados al punto marcado, la isla no está y el océano se extiende, imperturbable. ¿Dónde diablos ha ido a parar la isla?, se preguntan perplejos los científicos. Sus mapas la muestran, aunque no así las cartas náuticas, que señalan una profundidad de 1.400 metros y ni asomo de isla.

 Se han propuesto diversas explicaciones, como el error humano o la broma colosal. Una que parece plausible es que ciertos autores de mapas acostumbran a introducir algún dato falso que les sirva para detectar copias que infrinjan su copyright: si otro mapa muestra lo mismo es que ha pirateado y valga el término hablando de islas, aunque no se trate de Tortuga, Sulú o el Arrecife del Hombre Muerto.

Rastreada la isla perdida, resulta que aparece en mapas y publicaciones científicas al menos desde 2000. En algunas ediciones del Times atlas of the world está bautizada como Île de Sable (de existir pertenecería a Francia). Hay quien la identifica con una de las islas que menciona en 1792 el caballero D’Entrecasteaux navegando en busca de la pertinentemente desaparecida expedición de La Pérouse.

No está claro cómo se ha propagado la inexistente existencia de Sandy. Quizá se ha ido repitiendo el error inicialmente premeditado. Los responsables de Google Maps para Australia y Nueva Zelanda, han señalado que ellos utilizan una variedad de fuentes autorizadas para crear sus mapas. La entidad anima a los usuarios de sus mapas a avisarle cuando se encuentren ante una situación semejante, así que ya lo saben: si les desaparece una montaña, un lago o un golfo, por favor, háganlo saber.

El presidente de la Sociedad Británica de Cartógrafos ha recalcado, de manera perturbadora, con ecos borgianos, que no le sorprende el caso. “No puedes crear un mapa perfecto. Nunca puedes”. El caso es que la isla, que mide la friolera de 15u3 millas, se niega obstinadamente a estar donde le toca; diríamos que ha desaparecido del mapa, si no fuera porque el mapa (algunos mapas) es el único lugar en el que realmente (es un decir) está.

El tema tiene, ciertamente, algo de argumento ontológico. Lo ha expresado muy bien uno de los científicos que viajaban en el barco (des) descubridor: “Hay una isla en el medio de la nada que en realidad no existe”. Es inquietante que haya quien piense que la “no isla”, como la ha bautizado Wikipedia en su entrada, no ha dicho su última palabra. ¿Y si existe pero está en otro lado? Al respecto hay que mencionar la legendaria isla del primer viaje de Simbad, que era en realidad una ballena, y se desplazaba. Se ha apuntado también, con notable humor, que Sandy podría ser alguna especie de cubil navegable de un villano archienemigo de James Bond. Por otro lado, hay que recordar que no es inusual, sino más bien ley de vida, que las islas aparezcan y desaparezcan en realidad: recordemos los efectos del Krakatoa o de la erupción de Thera. Bouvet, una isla noruega habitada por pingüinos, tenía una segunda isla cerca cuando la descubrieron que no ha sido vuelta a ver jamás (véase el notable Atlas of remote islands, de Judith Schalansky, 2010).

En todo caso Sandy, añorada Sandy, ha entrado ya de pleno derecho en el archipiélago de las leyendas. Ahí comparte mapa con la isla del doctor Moreau, con la de Robinson, con isla Lincoln (la de La isla misteriosa donde Nemo ancla su Nautilus), con isla Nublar, con la del tesoro, con la de King Kong (Skull Island), con la de San Borondón (esa legendaria que, quién sabe si producto de un volcán, aparecía y desaparecía frente a la isla canaria de El Hierro) y con todas las que alguna vez han emergido de las profundidades de la ficción para satisfacer nuestras ansias de aventura, de exotismo y de misterio.


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Fuente: elPais

Michio Kaku: La revolucion cuantica


La física cuántica desafía al "sentido común", pero los resultados de sus experimentos resultan incontrovertibles. Y no es únicamente que desafíe al sentido común, sino que modifica radicalmente --en nuevo "giro copernicano"- nuestro modo de percibir la realidad.

Michio Kaku es un físico teórico estadounidense, especialista muy destacado de la String Field Theory, una rama de la teoría de cuerdas. Además es futurólogo, divulgador científico, anfitrión de dos programas de radio, aparece frecuentemente en programas televisivos sobre física y ciencia en general y es autor de varios best-seller.



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31 oct. 2012

La madre de todos los prejuicios


La evolución de la visión del mundo de un adolescente es un tema apasionante. En mi caso, atribuyo a la idealización de la figura del médico que tenía mi madre el querer ser médico desde que tenía uso de razón (existen fotografías y restos de libros que demuestran la seriedad de mi compromiso). Entonces, con 14 años ocurrió Cosmos de Carl Sagan, la serie primero y el libro para Reyes después. Y quise ser físico/astrónomo/científico.

Un efecto colateral de Cosmos fue mi descubrimiento de la figura de Einstein. La fascinación, común a muchos, fue inmediata. Leía todo lo que encontraba en bibliotecas sobre él. De entre todo lo que leía había un punto, sin embargo, que solía pasar sin pena ni gloria, como un dato más, que a mi me llamó poderosamente la atención: su admiración por Baruch Spinoza. Dispuesto a explorar por mi mismo el origen de esa admiración, a los 16 compraba mi primera Ética (una no demasiado buena edición de Bachiller, como me hizo notar mi primo Pedro, estudiante por aquel entonces de filosofía en Salamanca). A esta primera copia han seguido otras cuantas.

¿Imagináis ese momento en que la lectura y meditación de sólo un párrafo supone una revolución en tu forma de ver el mundo? ¿Algo que hace que todo encaje de cierta forma? ¿Una idea que hará que digieras la información de determinada manera el resto de tu vida? A mi me ocurrió con 16 años con el Apéndice del libro I de la Ética. Si sólo tuvieses que leer en tu vida unas páginas de filosofía yo te recomendaría ese apéndice que se lee en menos de 10 minutos; lo puedes encontrar aquí en la obra completa (Ver PDF) . Una de las ideas principales de ese apéndice y la revolucionaria, según mi punto de vista, cuando se medita, es esta:

[...]Todos los prejuicios que intento indicar aquí dependen de uno solo, a saber: el hecho de que los hombres supongan, comúnmente, que todas las cosas de la naturaleza actúan, al igual que ellos mismos, por razón de un fin […]

Spinoza, escribiendo este texto en la soledad de su habitación en los primeros años 70 del siglo XVII describe lo que la psicología y la sociología constatan hoy día. De hecho si se lee el Apéndice completo comprobaremos que, salvo la sintaxis y el léxico, estamos ante un texto de una actualidad manifiesta. El ser conscientes de la existencia de este prejuicio de forma activa cambia tu visión del universo. Ahora podía empezar a comprender la admiración de Einstein.

Para una persona con cultura científica pensar que el universo no tiene fin ni propósito alguno es algo que debería darse por descontado; algo que no es así para la inmensa mayoría de los humanos. Y, sin embargo, el prejuicio sigue ahí, acechante, incluso entre los científicos de primer nivel.

Un estudio reciente publicado en el Journal of Experimental Psychology: General por un equipo de investigadores encabezado por Deborah Kelemen, de la Universidad de Boston (EE.UU.), ilustra perfectamente este hecho. Han encontrado que, a pesar de años de formación científica, químicos, geólogos y físicos de universidades de primer nivel mundial (Harvard, MIT, Yale entre otras) también sucumben al prejuicio de pensar que los fenómenos naturales tienen un propósito. Veamos el resultado con un poco más de detalle.

Cuando los científicos tienen tiempo de reflexionar acerca de por qué pasan las cosas, rechazan explícitamente las explicaciones teleológicas, que es como se llama a las explicaciones que se basan en la existencia de un fin o propósito y que son las que permean todas las religiones de una u otra forma. Sin embargo, según el estudio que nos ocupa, cuando se pide a los científicos que piensen muy rápido, aparece una tendencia subyacente a encontrar un propósito en la naturaleza. Estos resultados serían una prueba bastante sólida de que la mente humana tiene una posición por defecto, bien implantada, para favorecer las explicaciones basadas en fines.

Para comprobar la hipótesis de que existe una preferencia natural a las explicaciones teleológicas, los investigadores pidieron a un grupo de científicos de universidades estadounidenses de alto nivel que juzgasen afirmaciones del tipo “Los árboles producen oxígeno para que los animales puedan respirar” o “La Tierra tiene una capa de ozono para protegerla de la radiación ultravioleta” presentadas de tal manera que no tenían prácticamente tiempo para pensar sus respuestas. Otro grupo de científicos, equivalente al anterior, pudo dar sus respuestas sin límites de tiempo. Los investigadores encontraron que, a pesar de tener una gran precisión en los ítems de control (expresiones falsas más allá de la componente teleológica), los científicos bajo presión mostraban una mayor aceptación de explicaciones finalistas sin base científica que sus colegas sin presión de tiempo, que consistentemente las rechazaban.

La misma pauta de mayor orientación al fin se presentó en dos grupos de control, estudiantes (que en psicología viene a ser equivalente a población en general) y graduados de la zona de la misma edad que los científicos, si bien los científicos aceptaban menos las explicaciones teleológicas comparativamente. ¿Sería esto así por la formación científica, o por la capacidad intelectual de éstos últimos?

En un segundo ensayo los investigadores encontraron que, a pesar de los años de formación científica, los químicos, geólogos y físicos no tenían un prejuicio cognitivo menor que profesores de historia o de inglés de las mismas universidades. Esto es, la actividad  intelectual de alto nivel aminora el sesgo teleológico (posiblemente por la capacidad intelectiva asociada), pero no así la formación científica. Un resultado sorprendente. E ilustrativo de la fortaleza de los prejuicios cognitivos.

Parece, por tanto, que nuestras mentes tienen una disposición natural hacia la religión, más que a la ciencia. Y que conseguir comprender las cosas como son en vez de como aparentan ser lleva un esfuerzo asociado que no todo el mundo está dispuesto a hacer. Pero de esto ya se dio cuenta Spinoza hace 335 años de la misma forma que Feynman arreglaba radios. Pensando.

Fuente: naukas.com

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25 jun. 2012

Una imagen vale más que Mil Millones de estrellas



Los investigadores han cosido una imagen de nuestra galaxia, la Vía Láctea, y el resultado es una impresionante imagen que contiene más de mil millones de estrellas.

La imagen de la derecha es una captura de pantalla a partir de una pequeñísima parte de la imagen, y te da una idea de los números de la imagen completa. No hay nada como el original, sin embargo. Si quieres ir a explorar la imagen por sí mismo, echa un vistazo a la herramienta de zoom en línea . Hay una pequeña caja en la parte superior que le permite escoger un área en la imagen y el zoom para ver más de cerca. También puede mover hacia la izquierda y la derecha en la avenida para ver todo el disco de la Vía Láctea.

El trabajo fue presentado a la Reunión Nacional de Astronomía del Reino Unido por el Dr. Nick Cruz de la Universidad de Edimburgo.

Realmente quedas impresionado con este trabajo, se pueden ver millones de estrellas con sus planetas, con sus satélites.

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Fuente: citizen

23 jun. 2012

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